martes, 10 de julio de 2012

LA RUEDA DEL TIEMPO

Ahí os pongo el último relato de la Tertulia de la Bodega de Adolfo. Esta vez el tema era "La rueda". Espero que os guste:


LA RUEDA DEL TIEMPO.
            Era un banquete magnífico. Al señor Juez Presidente del Tribunal Supremo le estaban haciendo un homenaje de despedida con un esplendor que jamás se había visto en otras ocasiones. Allí estaban las más altas magistraturas de la nación, los más afamados intelectuales del Régimen, las autoridades militares y eclesiásticas, el todo Madrid y la más rancia aristocracia del país. El menú era excelente, confeccionado por uno de los más prestigiosos cocineros de la capital. Después, a los postres y tras los brindis, vendrían los discursos. El suyo iba a ser una lección magistral sobre el rigor judicial y su necesaria ejemplaridad. Las cuartillas descansaban en un bolsillo de su smoking. Le había costado mucho escribirlas, pues había tenido que acortar algunos pasajes para no resultar pesado, pero el texto definitivo había quedado inmejorable.
            Sin embargo un nombre inoportuno, Melchor García Cascales, acudía a su mente, perturbando el que debería haber sido un adiós glorioso. Porque en sus tiempos de joven juez militar, había cometido un delito terrible que, afortunadamente para él y su posterior trayectoria judicial, nadie había descubierto ni podría descubrir jamás. A pesar de su voluntad de olvido, el recuerdo de aquel sórdido juicio de posguerra acudía una y otra vez a su mente, alterando su plácida masticación de una soberbia pierna de cordero lechal. Melchor García Cascales había sido un destacado intelectual de los años 30. Su puesto de decano de la facultad de Filosofía y su fidelidad a la República le crearon más enemigos de los que sospechaba, y al terminar la Guerra Civil cayeron sobre él acusaciones de crímenes absurdos impensables en una persona tan íntegra y pacífica. El hoy homenajeado, entonces bisoño juez militar, sabía de sobra que el acusado era inocente de sus cargos, pero lo odiaba, lo odiaba hasta la exasperación, desde que un día, en su etapa de estudiante, le dio por leer sus libros. La voz de la razón aplastó su antes sólida fe y se vio indefenso ante el temor a la muerte y a la nada. ¡Maldito filósofo impertinente! Por su culpa se volvió cobarde y evitó la trinchera buscándose un puesto en el Cuerpo Jurídico. Por eso lo odiaba, y a pesar de que la defensa esgrimió argumentos suficientes para absolverlo, él lo condenó a la última pena y aun se llegó a regodear cuando oyó las detonaciones de los fusiles que lo ajusticiaban.
            Aquel recuerdo lo incomodaba casi tanto como la molesta presencia de un tendón inmasticable entre la carne que trituraban sus dientes. Si hubiera estado en casa, se habría levantado y marchado al water para escupirlo, pero en presencia de tan altos personajes no podía abandonar la mesa presidencial ni mucho menos escupir en una servilleta. Así que trató de tragarse aquella maldita porción de carne ovina. Pero el objeto, demasiado grande para su gaznate, se quedó atorado, impidiendo el paso del aire a sus pulmones. Sin poderlo evitar, empezó a ponerse morado y a agitar los brazos hasta caer hacia atrás, pataleando con desesperación. Pensó, lleno de ira, que cualquiera de aquellos imbéciles atildados, uniformados o ensotanados que le rodeaban, hubiera podido salvarle la vida con solo abrazarlo por detrás y darle un fuerte apretón a la altura del vientre, en lugar de observarlo con actitudes dignas y distantes.
La vista se le nublaba, mientras en su interior se veía caer en un pozo, al final del cual adivinaba una luz. Antes de perder del todo la consciencia pudo intuir una enorme rueda que giraba sin cesar. Era la rueda del tiempo. Y un último nombre retumbó postrero en su memoria culpable: Melchor García Cascales, su pecado de juventud…
            Seguía atragantado cuando recuperó la consciencia, una consciencia nueva, sin recuerdos ni palabras, mientras un ser gigantesco lo sujetaba por los tobillos y le daba palmadas en el trasero; hasta que su traquea quedó expedita y pudo llorar al fin.
            -Señora, ha tenido usted un hermoso niño. ¿Qué nombre le van a poner?
            - Le pondremos Melchor, MELCHOR GARCÍA CASCALES.
Miguel Ángel Pérez Oca.  

No hay comentarios: